NO TODOS LOS PERROS QUIEREN JUGAR y eso no significa que tengan un problema

Hay una escena que ocurre casi cada día en los paseos. Dos perr@s se cruzan. Uno de ell@s se acerca con energía, se muestra efusivo, insiste. El otro se queda quieto, gira la cabeza, se aparta. Y entonces, casi sin darnos cuenta, empezamos a hacer algo que parece inofensivo pero que merece la pena mirar más de cerca: insistimos.

Le acercamos un poco más. Esperamos a ver si se anima. Le damos margen «por si cambia». Y de fondo, muchas veces, una idea que no siempre decimos en voz alta pero que está ahí: debería querer jugar.

Pero ¿y si simplemente no quiere?

SÓLO EL JUEGO NO ES UN INDICADOR DE BIENESTAR

Durante mucho tiempo se ha asociado el juego entre perr@s con socialización, con equilibrio, con salud emocional. Un@ perr@ que juega es un@ perr@ feliz. Un@ que no lo hace parece que tiene algo pendiente, algo que trabajar, algo que resolver.

Esta idea está muy extendida. Y también es incompleta.

El juego es una forma de relacionarse. Una de las muchas que existen. No es la única, y desde luego no es una obligación. Hay perr@s que lo disfrutan enormemente, que lo buscan activamente, que lo utilizan como forma principal de vincularse con otr@s. Y hay perr@s que no. Que prefieren interacciones más tranquilas, más breves, menos intensas. O que simplemente eligen no tenerlas.

Y eso no los hace peores. Ni más conflictivos. Ni menos sociables.

RELACIONARSE ES MUCHO MÁS QUE CORRER Y PERSEGUIRSE

Muchas de las interacciones caninas más saludables son silenciosas. Poco llamativas. Dos perr@s que comparten espacio sin rozarse, que se huelen de lejos, que se cruzan sin tensión y siguen su camino. Eso también es socialización. También es una experiencia social válida, aunque desde fuera no parezca gran cosa.

El problema es que solo reconocemos como «bueno» aquello que encaja con la imagen más visible: perr@s jugando, corriendo, interactuando de forma activa. Todo lo demás parece quedarse corto, como si fuera un paso previo hacia algo mejor que todavía no ha llegado.

Pero no siempre es un paso previo. A veces simplemente es la forma en que ese perr@ elige estar.

NO TODO LO QUE RELUCE ES ORO

 ¿Sabrías identificar cuándo dos perr@s están jugando, cuándo simplemente están interactuando, cuándo hay «acoso» o cuándo uno de los dos quiere parar?

Es muy raro que dos perros que acaban de conocerse por primera vez empiecen a jugar, como si fuesen amigos de toda la vida. 

Ver dos perros corriendo no es sinónimo de juego, tiene que existir un cambio de roles. Primero persigue uno y después cambian. Su lenguaje corporal debe ser relajado, amigable… la posición corporal, las orejas y la expresión de sus caras dice mucho más de lo que piensas. 

Muchas veces vemos perr@s interactuando pero no somos conscientes de todas las cosas que están ocurriendo en a penas unos segundos, muchas veces uno de ellos busca una salida, busca parar la interacción y no encuentra el soporte que necesita para hacerlo.

Si no conocemos estos detalles es muy frecuente que ocurran malas interacciones, experiencias y aprendizajes que desencadenan en dificultades de socialización.

CUANDO INSISTIMOS SIN DARNOS CUENTA

Cuando un perro no muestra interés por jugar y aun así le mantenemos en la situación esperando que «entre en dinámica», lo que ocurre desde su perspectiva es que ya ha comunicado algo y no ha sido suficiente.

Ha girado la cabeza. Ha evitado el contacto. Ha reducido la interacción. Y, a pesar de eso, la situación continúa. Entonces tiene que buscar otras formas de gestionarlo: alejarse más claramente, tensarse, marcar límites de una forma que ya no pasa desapercibida.

Y es ahí donde suelen aparecer etiquetas que no siempre reflejan lo que está ocurriendo de verdad.

No es que sea «muy suyo». Es que ya había pedido espacio antes, y no le habíamos escuchado.

NO ES LO MISMO NO QUERER QUE NO PODER

Hay una distinción importante que vale la pena hacer, y que cambia bastante la forma de acompañar. No es lo mismo un perro que no juega porque no quiere, que uno que no juega porque no puede. El primero está eligiendo. El segundo está limitado por algo que le genera malestar.

Diferenciarlos requiere observar antes de interpretar. ¿Está incómodo o simplemente desinteresado? ¿Está evitando activamente o está eligiendo otra forma de estar? ¿El contexto es demasiado exigente para lo que necesita en ese momento?

Estas preguntas no tienen siempre una respuesta fácil, pero hacérselas ya cambia la mirada. Porque cuando miramos desde la observación y no desde la expectativa, lo que vemos es mucho más ajustado a lo que realmente está pasando.

EL JUEGO TAMBIÉN DEPENDE DE CON QUIÉN

Hay algo más que vale la pena tener en cuenta: el juego no depende solo de un perro. Depende de dos. No todas las energías encajan. No todos los estilos de juego son compatibles. Un perro puede disfrutar jugando, pero no con cualquiera, y no en cualquier momento.

Cuando uno es muy insistente y el otro más tranquilo, cuando no hay una lectura mutua adecuada, lo que debería ser una interacción positiva puede volverse incómoda muy rápido. Respetar la forma de relacionarse de tu compañer@ también implica elegir con quién, cómo y cuándo. No todas las presentaciones tienen que terminar en juego para haber salido bien.

Por eso es tan importante contar con un grupo estable de perr@s que se conozcan y con quien crear relaciones basadas en la confianza, donde poder socializar y expresarse de forma autónoma.

SOLTAR LA EXPECTATIVA

Cuando dejamos de ver el juego como un objetivo, algo cambia. Podemos permitir que observe sin participar. Podemos retirarnos cuando no muestra interés. Podemos no insistir en interacciones que no ha elegido.

Y desde ahí, lo que ocurre es más genuino. No está sostenido por lo que esperábamos, sino por lo que el perro ha elegido. Eso no significa evitar cualquier interacción, sino construirlas desde un lugar donde tenga margen real para decidir si quiere estar ahí o no.

Porque la socialización real no tiene que ver con cuánto juega un perro, sino con su capacidad de estar en presencia de otros sin desbordarse, sin necesidad de evitar constantemente o de reaccionar. Y eso no siempre incluye jugar. Un perro puede estar perfectamente bien socializado y no ser especialmente juguetón.

Lo importante no es lo que hace. Es cómo se siente haciéndolo.

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